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Todo es eterno mientras dura

Las historias por ser vidas, se crean para vivirse, lo que implica ser contadas durante o después de que pasen. Mi compañero Eugenio ha vivido 81 años, lo que significa muchos momentos que no pueden pasar desapercibidos. Mi tarea no es otra que ser su rapsoda y compañera en este viaje. Intentar hablar de amor es como caminar por una carretera desierta. Tengo que contar una gran historia que puede parecer menospreciada por el vasto número de relatos de amor que se han contado durante generaciones y generaciones. A primera vista puede parecer sencillo hablar de un sentimiento tan común al género humano, pero la experiencia me dice que no lo es tanto.

¡He luchado tantas veces contra la impulsividad de escribir sobre el amor! ¿Por qué motivo hacerlo ahora? ¿Por qué intentar decir aquello que tantos otros han repetido hasta la saciedad? Es necesario en estos tiempos que corren innovar, dar un vuelco a la tradición anterior. Es necesario en estos tiempos que corren no hablar de amor.

Es necesario no hablar del como se ha hablado hasta ahora, debemos limpiar sus tópicos, barrer hacia afuera las telarañas de la costumbre, dejar de mostrarlo como algo en apariencia, como frágiles letras; simple y llanamente mostrarlo tan natural como Eugenio me lo ha mostrado a mí. Eugenio y un amigo paseaban. Acababan de llegar de la mili y estaban pletóricos por pisar las calles de su tierra. Logroño se antojaba precioso en san Mateo. Las calles rebosaban sonrisas, tinto y jolgorio, y en la Glorieta jugaban unos niños que empezaban a interponerse en el paso de los caminantes. Por detrás aparecieron disculpándose dos señoritas que se encargaban de los muchachos. “Yo me quedo con la flaca y tú con la amiga” dijo él sin titubear. En ese momento Eugenio supo con certeza que Teresa sería la persona con la que compartiría el resto de sus días. “No salgas con ese, no te quiere para más de cuatro días”. La vida en un pueblo es un microcosmos, y Teresa supo torear bien al novillo que se le venía encima.

Comentarios como ese hacían que dudase de vez en cuando de si realmente era correspondida, pero las citas con Eugenio se sucedían con frecuencia. “Vamos, que te llevo a ver La dama de la frontera”. Los sucesivos cortes hacían que la película se les atragantase. Las luces se encendían y el Martín y la Juana giraban sus cabezas desde la primera fila, Pepón y el herrero se levantaban para mirarles y cuchicheaban con las hijas del panadero. Tere no sabía bailar, se negaba completamente. En las fiestas de los pueblos la pareja daba mucho que hablar, no precisamente por los pisotones de uno a otro en los pasodobles, sino porque Eugenio sacaba a bailar a la mejor amiga de Tere, mientras que ésta se comía una bolsa de pipas sentadita en el banco. Eso sí, con confianza, no existían celos en la pareja. El amor estaba demasiado consolidado. “A la boda sólo asistió mi familia. Mira en esta foto, Tere sonríe a pesar de lo triste que estaba la pobre”. Félix, el padre de Tere, se negaba por completo a que se celebrase el matrimonio. Negó la palabra a yerno e hija, lo que comenzó a hacer mella en la salud de ésta. Pasados unos meses de la ceremonia, la pareja viajó al pueblo de Tere para hablar con su familia. Al intentar entrar a la casa apareció su padre furioso, y comenzó una discusión muy fuerte. Como si de una tragicomedia se tratara, el párroco salió de detrás de los arbustos contiguos, e intentó poner calma al asunto.

Las cosas acabaron mal, lo que hizo que la salud de Teresa se resintiera aún más. Eugenio consiguió un buen trabajo en el pueblo de su esposa, y el trato con la familia empezó a ser cordial. Una mañana Félix invitó a su yerno a almorzar con la cuadrilla que trabajaba en la recogida de la fruta. Eugenio tuvo que negarse porque le reclamaban en el taller de Logroño, de modo que la pareja tomó un autobús y bajó a la capital. “Mirad a Félix, con lo bravo que era, ahora no es nada.”, decía el párroco sin ningún pudor frente al féretro del padre de Tere. Eugenio y otros familiares lo portaban. La misma tarde en la que la pareja había vuelto a Logroño, Félix y otros peones de la recogida de fruta habían fallecido en un accidente de camión por una mala maniobra. Este fue uno de los golpes más duros para la muchacha. “Mi hija nació con 1,5 kg. Parecía una sardina”. Embarazada y machacada por el dolor, a los dos meses del fallecimiento de su padre, Tere sufrió una embolia y entró en coma. Eugenio pasaba todas las horas que le permitían con ella.

Un día llegó y el bedel le dio buenas noticias: su mujer había despertado y estaba pariendo, aunque tenía medio cuerpo paralizado y el doctor había decidido hacerle una cesárea, por lo que se temía por su vida. Él subió las escaleras y llegó antes que el médico. “Esta sala es sólo de mujeres”, le dijo un ATS. “¿Y tú qué eres?” respondió decidido. Entró en la habitación, colocó a su mujer de modo que entre ambos pudiesen hacer fuerza (su parte izquierda no respondía) y sacó a su hija. “¿Usted había visto antes un parto?” Le dijo el médico. “Yo no he visto parir ni a un gato, pero se trataba de mi mujer y mi hija”. Desde entonces tuvo entrada libre al hospital durante los ocho meses en los que permaneció su esposa ingresada. “Había una mujer que era de la vida, una prostituta. Le encantaba beber. Me acuerdo muy bien de ella, se llamaba Blanca.

Estaba allí porque le habían cortado un dedo, era muy alta, seca, mayor. Andaba liada con un viejo que parecía el Quijote”. Blanca ayudó muchísimo a Tere y al bebé en el hospital. Cada cierto tiempo recibía del exterior como premio una buena botella de tino riojano. “A Esther le salvó mi madre y la leche de vaca con la que se amamantó durante los primeros meses de vida”. Una mañana el médico le dio a elegir entre salvar a su mujer o a su hija. Él tapó con una manta al bebé, lo agarró con fuerza debajo del brazo, se montó en su bicicleta y lo dejó en la mesa de la cocina de su madre que se encargó de criar a la pequeña. “Parece que ya no me quieres sacar del hospital”. La enfermedad y la tristeza mellaban en la autoestima de Teresa. Llegó un punto en el que dudó de la fidelidad de Eugenio. Él movió cielo y tierra y la llevó a casa. A partir de ahí comenzó una nueva vida para el matrimonio. Tuvieron otras tres hijas a las que Eugenio cuidó pacientemente a la vez que trabajaba y se encargaba también de su esposa, que tristemente arrastró la enfermedad toda su vida.

“Si ganamos el concurso, esta cajita será para ti”. Eugenio señala desde su silla de ruedas una caja de madera preciosa tallada por él mismo.

Es de roble resistente, de un roble duro con salientes que ornamentan el material. La abro y se antoja como un baúl de los recuerdos quasi-vacío en el que ahora yo me reflejo gracias al pequeño espejo rodeado de terciopelo azul. La contemplo, no puedo evitar sentirme conmovida por su gesto. Sé de la importancia de ese objeto, y es que para Eugenio su trabajo fue también su pasión. A pesar de haber realizado múltiples tareas desde joven, hay algo a lo que siempre volvía: la talla de madera. “Cuando me llamaban para comer ni me enteraba, seguía tallando y tallando concentrado, lo hacía siempre por intuición”. La intuición si se apoya en buena base no tiene por qué ser peligrosa, y yo puedo dar fe de que lo de Eugenio más que intuición era pura creatividad y arte. “Pasé por muchos trabajos, me recorrí España viviendo grandes temporadas fuera de casa haciendo tareas duras, pero todo valía por sacar adelante a mi familia. A pesar de todo, o por A o por B siempre acababa volviendo a lo mío, a la madera”. Me cuenta que siempre ocupó altos puestos, era constante y hacía un trabajo de calidad, lo que daba como resultado que sus jefes le dieran el trato que se merecía, “y cuando no me lo daban me marchaba, siempre encontraba otro trabajo rápido.”

Hoy le he enseñado un borrador de mi trabajo y no podía evitar sonreír todo el tiempo. Sus enormes ojos azules me transmiten la felicidad que yo también siento por haber compartido esta experiencia. Yo tengo una historia que contar porque hay cosas que, como la robusta madera del roble no pueden desvanecerse así como así. Los objetos, aunque no siempre, duran su tiempo, las vidas e historias humanas tal vez algo menos. Nada es eterno, pero todo existe y puede soñar con serlo mientras dura

Informacion del Autor

Alberto Montalvo

Alberto Montalvo, periodista especializado en diferentes áreas, le encanta escribir en un medio digital referente en Marbella. Es la voz del pueblo y las noticias actuales.

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