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MICHAEL JACKSON WAS HEREJaime Olcina - Marbella - 04/07/09
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Jaime Olcina. Marbella, 26 de junio de 2009.
Hace 20 años una localidad de apenas 60.000 habitantes tuvo el raro privilegio de ser elegida por Michael Jackson para dar uno de sus conciertos.
20 años han pasado y ni Marbella ni Jackson han sido inmunes al paso del tiempo.
Tampoco lo he sido yo, que con 16 años y sin saber muy bien dónde me metía, siguiendo la iniciativa de una amiga de Marbella, que aún hoy lo es, asistí a aquel concierto.
No conocía yo muy bien la zona en la que se encuentra el Estadio Municipal, recinto en el que se celebró el evento, de modo que puse especial cuidado en no separarme de mi amiga. La entrada se practicaba por el fondo sur del estadio. Miles de personas se agolpaban en las calles y aledaños. La policía había cortado los accesos al tráfico rodado y una marea humana se arremolinaba alrededor de puestos y reventas.
Cualquier objeto de uso cotidiano tenía la imagen de Jackson estampada en él. Todo se compraba. Todo se vendía. ¿Todo? ¡No! A los quinceañeros que por allí andábamos aunque nos hubiese costado la friolera de 5.000 pesetas la entrada no la revendíamos ni locos. El simple hecho de que te ofreciesen 15.000 por ella te hacía pensar que el espectáculo valdría mucho más la pena ser visto.
A pesar de la turbamulta de la entrada pronto descubrimos que el estadio en su interior estaba casi vacío. De modo que sin saber entonces que era parte del ritual, corrimos al sprint hasta el fondo norte. Donde debía estar la portería se alzaba una valla de obra con un paño negro de banda a banda. El escenario, a un par de metros de aquella valla, formaba con ésta un foso en el que unos "bichos" de 2x2 lucían ajustadas camisetas negras con el lema: "SEGURIDAD". Mi primer pensamiento fue de duda. No sabía si ellos eran la seguridad o si la seguridad vendría a evacuarles, porque había que verles.
Dos horitas. Dos horas a pie firme estuvimos allí aguantando a que comenzara el espectáculo. La gente iba llegando y apretándose contra nosotros. Estábamos a penas a un metro de la valla pero cuatro filas de personas se interponían entre nosotros y el foso.
Yo, francamente ajeno al fenómeno Jackson, alucinaba con todas aquellas niñas pegando botes en un descontrolado frenesí ante un escenario sólo ocupado por técnicos y tramoyistas. Se sabían todo el repertorio, de modo que como experto coro cantaron un tema tras otro con asombrosa coordinación en la elección de canciones. Al unísono comenzaban una y al unísono continuaban con la siguiente sin dilación, dudas ni coordinación aparente. Parecía incluso que se conociesen de toda la vida aquellas dos mil chavalitas aún cuando, al ser de múltiples nacionalidades, sólo se entendían a través de las letras del ídolo, del icono, del maestro.
El calor, inexistente al comienzo dado que ya se había puesto el sol, comenzó a apretar por la concentración humana. Más de una vez miré hacia atrás intentando salir de allí, pero la mirada asesina de mi acompañante y el tapón humano me hicieron desistir de inmediato.
La espera no fue agradable, la verdad.
De los teloneros, que los hubo, y seguro que hoy son muy famosos, ni me acuerdo.
En un momento dado, cuando el hormigueo de las piernas ya había cesado y el entumecimiento se extendía por la zona lumbar empezó el concierto.
Se apagaron las luces del estadio.
Rugió la multitud.
Un muro de luz se encendió, ventiladores gigantes a la altura del suelo del escenario se pusieron en funcionamiento soplando dos columnas de aire que se elevaban más de 20 metros. Y al tiempo sonaron los compases de "Who's Bad".
Lo que sucedió durante las dos horas siguientes me hizo olvidar el cansancio, el calor, el sudor de los demás mojando mi ropa, los pisotones (únicamente evitables si saltabas al tiempo con la multitud), los apretones y las penalidades sufridas durante los 120 minutos anteriores.
Aquel hombre volaba sobre el escenario. Lo llenaba de lado a lado. Estábamos tan cerca, dispuestos a un metro de la valla de seguridad y en el centro del campo, que le veíamos sudar. Apenas 10 metros me separaban de un tipo al que antes no había prestado demasiada atención y que en ese momento parecía un Dios.
Cada gesto era contestado por una multitud enloquecida, entregada y sumida en el más absoluto placer. La felicidad de los asistentes se desbordaba con cada canción, con cada guiño del artista al público.
Cambiaba de vestuario y el siguiente resultaba aún más espectacular que el anterior. Las coreografías de los bailarines eran sencillamente imposibles. Magníficas. Nunca antes se había visto nada parecido en España.
El inventor del videoclip, el Rey del Pop, la estrella que más discos ha vendido jamás en la historia estaba casi al alcance de la mano.
Con "Dirty Diana" y sus tenues acordes se hizo el silencio y la oscuridad. Miles de ojos expectantes seguían las evoluciones de aquel hombre con asombro y reverencia. Con idolatría.
Lanzó su sombrero. El blanco, el que usaba en "Moonwalker". Una canción genial con una ejecución absolutamente deliciosa. Reproducía sobre el escenario de Marbella las increíbles inclinaciones que habíamos visto en los videoclips y que parecían trucos de cámara.
Los bailarines profesionales no le podían seguir.
Era una estrella. Aquella noche, aquel era el centro mismo del Universo. Para los que estábamos allí no había nada fuera de aquellos muros.
Durante dos horas y media la realidad quedó circunscrita a lo que podíamos ver, oír, sentir, bailar y cantar.
También lanzó su guante de lentejuelas. Si con el sombrero hubo un conato de violencia, con el guante aquello parecía una guerra de Amazonas. Las niñas desplegaron todos los recursos de los que puede ser capaz una adolescente para, literalmente, noquear a la desdichada que había recibido el impacto inicial de la preciada prenda.
Los de seguridad no se atrevían ni a moverse, pero el tumulto cesó pronto y el concierto no se interrumpió.
En un momento dado Chabeli Iglesias pasó por delante de nosotros y subió al escenario. Le dio dos besos a Michael. A su regreso las niñas le dedicaron los más brutales, groseros y lacerantes insultos que se pudieren concebir en aquella España de los 80 pre-internet.
Aquella experiencia fue emocionante, enriquecedora. Literalmente, un acto cultural. Los empujones de la salida y el camino a pie hasta la zona donde se encuentra la comisaría de la Policía Nacional los vivimos en vilo. Como en un sueño.
Sólo fue una noche, hace 20 años, durante dos horas y media, pero aquel extraordinario showman consiguió dejar una huella imborrable en la memoria de todos los que asistimos a uno del puñado conciertos que jamás dio en España.
Sin duda, había llegado el Rey
