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PODRIA HABER SIDO YO…Rafael Cánovas del Castillo - Marbella - 26/09/07
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Suele suceder, supongo, cada noche; docenas de noctámbulos creen enamorarse de sus camareras, quizá, quién sabe, por el consuelo que les brinda una mirada bonita, las más de las veces comprensiva, siempre solícita, sin otra función que la de atender sus necesidades etílicas y también, a partir de cierta hora, como una suerte de improvisadas musas de Edipo, psicológicas y emocionales.
No era este el caso. Mi natural timidez me situó en lo más lejano de la barra. Ella se me antojaba inalcanzable.
Sin embargo, soy persona sensible a la belleza, no podía dejar de contemplarla. No esperen que la describa, no sería capaz; confórmense con saber cómo, cada vez que ella se alzaba de puntillas estirando su cuerpo en una especie de ejercicio imposible tratando de activar mediante un mando a distancia la máquina de tabaco para algún providencial cliente que así lo necesitaba, se generaba un momento extático en el que, de alguna manera, una explosión de belleza plena se expandía durante unos breves pero intensos segundos por toda la sala. De hecho, ya tengo hora con mi cardiólogo, sospecho que el mando no sólo actuaba sobre la máquina expendedora, pues cada vez que lo pulsaba se me generaban unas peligrosas arritmias tan poco saludables como adictivas.
Fue en una de estas ocasiones, medio embobado o medio embebido, cuando le comenté a un amigo que sospeché podía ser víctima de similar colapso, con el convencimiento propio de quienes han alcanzado un estadio superior de conocimiento que les permite desnudar sus instintos básicos de imposturas sociales aprendidas, que yo me casaría sin dudarlo con semejante mujer en no más de siete días, sin otra argumentación, hubiera estado de sobra, que la basada en la pura elegancia y estética de la misma.
Ante su sorprendida expresión, entre divertida y perpleja, no pude por menos de explicarme, “Roger, no te confundas, el amor, no digamos ya el matrimonio, es una lotería, nunca se sabe, y la gente cuando juega, ¿qué elige, un número bonito, o un número feo?”. Mi acompañante, tras pensar no más de un par de segundos, y con rotunda seguridad, literalmente contestó: “Yo suelo jugar a los números que me da la máquina”.
Tan certera aseveración me condujo automáticamente, no podía ser de otra forma, a repasar las parejas que conocía, lo inverosímil de algunas de las mismas, y cómo, en todos los casos, tales combinaciones eran una mezcla en la que el azar (llámenlo los números que nos da la máquina y en los que depositamos nuestras esperanzas e ilusiones) prevalecía, las más de las veces, sobre el voluntarismo de cada uno de los integrantes de estas uniones. ¿De no haber conocido mis amistades a sus actuales parejas, los “amores de su vida”, la vida no les habría dado a conocer otras? ¿Cuánto hay pues de conformismo en la elección de las mismas? ¿Existe, en definitiva, un único amor en la vida?
Fue de esta manera, reflexionando sobre cómo deben conjugarse destino y voluntad para que dos personas lleguen a estar juntas, cuando reparé en lo que podríamos dar en denominar “Síndrome de Letizia”; me consta no han sido pocas las mujeres, de hecho toda una generación, que, en parte con femenina envidia, en parte con disfrazada frustración, al referirse a la susodicha no han podido evitar plantearse un envenenado “podría haber sido yo”. A fin de cuentas es, al menos era, el más claro exponente de normalidad que cabría imaginar como consorte real. Le elección estaba más abierta de lo que a priori podía parecer, y mucha cobarde ahora se lamenta. Una vez más, el destino repartió números con el resultado que ya conocemos. No es en cualquier caso una historia nueva; los estadounidenses, maestros en lo romántico y posibilistas hasta el límite en lo sentimental, llevan cultivado el género Cenicienta desde hace décadas. A nadie disgusta soñar si además el sueño puede hacerse realidad.
Mientras tanto, supongo que inspirado por la música de fondo y posiblemente iluminado por el efecto de los combinados allí consumidos (más de los convenientes, la necesidad de observar a mi musa en forma de camarera así me lo exigía) recordé que yo había padecido similar sintomatología, en mi caso referida a Paulina Rubio. ¿Acaso no podría haber sido yo? ¿No habíamos compartido ciudad y bailado en los mismos clubs durante más de un año? De hecho, siempre ha mostrado una clara preferencia por los españoles. Sin duda la máquina me dio números, pero ni siquiera lo intenté, supongo que su aura de estrella internacional fue más fuerte que la delicada confianza que en mí mismo tengo.
Atormentado con estas disquisiciones, y mientras me acercaba a la barra, quizá ya por última vez, a pagar lo que se debía, me armé de valor y declaré a tan hermosa señorita -ahora también sé que dulce y paciente- mis profundas inquietudes que, de alguna manera, empezaban y acababan en su persona.
La camarera, ellas son así, me sonrió, y al tiempo que me confesaba la ausencia de amor en su vida (¿será un truco comercial, las adiestrarán así los propietarios de establecimientos nocturnos para alentar el consumo?), se negó, no podría ser de otra forma, a facilitarme su teléfono. En cualquier caso, inspirado esta vez por un espíritu un tanto sabinesco, pude llegar a articular una suerte de pacto. Yo le dejaría mi número y escribiría sobre ella en esta mi columna (no dejaba de ser ventajoso, mi alterado estado emocional me hubiera impedido escribir sobre cualquier otro asunto). Ella quedó en leerme y, caso de que le gustase, prometió, ya sí, llamarme (de hecho, no lo prometió, pero me gusta pensar que fue así).
Cumplo así pues mi parte del acuerdo, tranquilo y consciente de que, al menos, esta vez no “podría haber sido yo”. Seré yo o no habré podido ser yo, pero elimino el condicional que, tantas veces, altera nuestras vidas.
Muera pues lo pusilánime, anímense, todo está a nuestro alcance si creemos que lo podemos alcanzar. Este es mi nuevo estado de ánimo. Posiblemente, cuando dentro de un tiempo no tenga ni siquiera los recuerdos posibilistas a los que aferrarme, recurra a mi tradicional y masculina cobardía para ampararme en las oportunidades que me sustrajo el pasado. Siempre es mejor culpar al destino que a uno mismo; siempre, claro está, que su psicoanalista no les prescriba lo contrario.
Por cierto, su nombre, Bea. No traten de imaginarla, no se parece a ninguna mujer que hayan conocido.

